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Este es el segundo tomo de la colección que empezó con El pequeño Hans. Cuenta el caso de un joven abogado vienés al que una historia sobre ratas oída en unas maniobras militares dejó atrapado en un juramento imposible, y explica cómo lo leyó Freud.
Como en el primer tomo, entre sus páginas hay glosas: fichas escritas a máquina que señalan de dónde viene cada idea y adónde irá. Sus sellos tienen tres tintas: verde oliva para lo anterior al caso (1894–1908), violeta para lo que nace con él (1909) y carmín para las revisiones posteriores (1910–1955).
Este caso tiene algo que el de Hans no tiene: se conservan los apuntes que Freud escribía cada noche. El libro tercero cuenta lo que dicen.
El martes 1 de octubre de 1907 se presenta en la Berggasse un joven de formación universitaria. Dice que padece de representaciones obsesivas desde la infancia, pero con particular intensidad desde hace cuatro años. Su contenido principal es el temor de que les pase algo a dos personas que ama mucho: su padre y una dama a quien admira. Además siente impulsos, como el de cortarse el cuello con una navaja de afeitar, y se impone prohibiciones aun sobre cosas sin importancia. La lucha contra esas ideas le ha hecho perder años; por eso recién ahora ejerce como abogado.
De todos los tratamientos que probó, el único que le sirvió fue una cura de aguas, y solo porque allí empezó una relación que le permitió una vida sexual regular. Las prostitutas le dan asco. Tuvo su primer coito a los 26 años.
Freud lo encuentra claro y agudo. Le pregunta por qué empezó hablando de su vida sexual, y el joven responde que eso es lo que sabe de sus teorías. No leyó nada de él, salvo unas páginas de Psicopatología de la vida cotidiana donde encontró explicados unos raros enlaces de palabras parecidos a sus propios «trabajos de pensamiento». Por eso decidió confiarse.
Al día siguiente Freud le impone la única condición de la cura: decir todo lo que se le pase por la cabeza, aunque le resulte desagradable, nimio, impertinente o absurdo. Y le deja elegir por dónde empezar.
El paciente empieza por un amigo a quien respeta muchísimo. Cada vez que lo asalta un impulso criminal acude a él y le pregunta si lo desprecia como a un delincuente; el amigo lo sostiene y le asegura que es un hombre intachable. Antes, cuenta, otra persona ejerció sobre él una influencia parecida: un estudiante de diecinueve años que, cuando él tenía catorce o quince, lo hizo sentirse un genio. Luego ese estudiante fue su preceptor en la casa y de pronto empezó a tratarlo como a un idiota. Había descubierto que solo se le había acercado para entrar en la casa, porque le interesaba una de sus hermanas. Fue la primera gran conmoción de su vida.
Luego, como de golpe, el paciente cambia de tema. Recuerda una escena de sus cuatro o cinco años. Tenían una gobernanta joven y muy bella, la señorita Peter. Una noche ella estaba recostada en el sofá, leyendo, con poca ropa; él le pidió permiso para meterse bajo su falda y ella lo dejó, con la condición de que no se lo contara a nadie. Desde entonces le quedó una curiosidad ardiente, atormentadora, por ver el cuerpo femenino. Aún recuerda con qué tensión esperaba en los baños a que ella entrara desvestida al agua.
A los seis o siete años hubo otra señorita, Lina. Una noche, sentado con las muchachas de la casa, la oyó decir que con el hermano menor una podría hacer tal cosa, pero que él, Paul, era demasiado torpe y seguro erraría. No entendió de qué hablaban, pero entendió el desprecio y se echó a llorar.
A los seis años ya tenía erecciones, y una vez fue a quejarse a su madre. Y por entonces tuvo una idea enfermiza: que sus padres conocían sus pensamientos. Se lo explicaba suponiendo que él mismo los había dicho en voz alta sin oírse. Había muchachas a quienes deseaba intensamente ver desnudas, y junto con ese deseo le venía un sentimiento ominoso: si lo pensaba, algo iba a suceder, y tenía que hacer toda clase de cosas para impedirlo. Preguntado por un ejemplo de esos temores, dice: mi padre se moriría.
Y entonces Freud se entera, asombrado, de que ese padre por cuya vida el paciente teme hoy murió hace nueve años.
Freud se detiene aquí con una tesis fuerte. Lo que el paciente describe de sus seis años no es, como él cree, el comienzo de su enfermedad, sino la enfermedad misma. Una neurosis obsesiva completa, a la que no le falta ningún elemento, núcleo y modelo de la de hoy.
El inventario está entero: una pulsión erótica, el placer de mirar, y una sublevación contra ella; un deseo todavía no obsesivo y un temor ya obsesivo que lo contradice; un afecto penoso, y un impulso a realizar acciones de defensa. El temor tiene esa vaguedad que nunca falta en la neurosis obsesiva, pero en el niño es fácil completarlo: si deseo ver desnuda a una mujer, mi padre tiene que morir.
Queda además ese rasgo extraño: la creencia de que los padres conocían sus pensamientos porque él los decía sin oírse. Freud escucha ahí un presentimiento de lo inconsciente: como si el niño percibiera desde adentro que tiene pensamientos de los que no sabe nada, y lo proyectara afuera.
Freud agrega una observación general. En la neurosis obsesiva nunca falta una actividad sexual muy temprana, mucho más notoria que en la histeria. Y es allí, en la vida sexual infantil y no en la actual, donde hay que buscar los factores de la enfermedad. La amnesia infantil del paciente termina, justamente, a los seis años.
En la segunda sesión el paciente cuenta lo que lo trajo al consultorio. Ocurrió en agosto, durante unas maniobras militares en Galitzia, donde servía como oficial de la reserva. Antes estaba desdichado, martirizado por pensamientos obsesivos que en las maniobras se le calmaron: le interesaba mostrar a los oficiales de carrera que él también sabía y aguantaba.
Un día, durante un alto en la marcha, perdió sus anteojos de pinza. Podría haberlos buscado, pero no quiso demorar la partida y telegrafió a su óptico de Viena para que le mandara otros. En ese mismo alto se sentó entre dos oficiales. Uno de ellos, de apellido checo, le daba cierta angustia: era evidente que amaba lo cruel, y en las comidas de los oficiales había defendido varias veces los castigos corporales. Ese capitán contó que había leído sobre un castigo terrible que se aplicaba en Oriente...
Aquí el paciente se interrumpe, se pone de pie y le ruega a Freud que lo dispense de contar los detalles. Freud le responde que él no tiene ninguna inclinación por la crueldad y que no quiere martirizarlo, pero que no puede regalarle algo que no le pertenece: la superación de las resistencias es una regla de la cura. Sería como pedirle que le regalara la luna. Ofrece, eso sí, ayudarlo a adivinar.
¿El empalamiento? No. Al condenado lo atan; sobre sus nalgas le ponen un tarro dado vuelta, dentro meten unas ratas, y las ratas... penetraban. En el ano, completa Freud.
En los momentos importantes del relato, su cara muestra una expresión muy rara: horror ante un placer que él mismo desconoce.
Le cuesta seguir. En ese momento, dice, lo sacudió la representación de que eso le sucedía a una persona querida. No es él quien aplica el castigo: se aplica, impersonalmente, sobre esa persona. Freud adivina que se trata de la dama.
Junto con la idea apareció la «sanción», la medida de defensa que debe tomar para que la fantasía no se cumpla: un «pero» acompañado de un gesto de apartar algo con la mano, y la frase «¡qué se te ocurre!». Y confiesa algo más, que le cuesta todavía más decir: la idea no recaía solo sobre la dama, sino también sobre su padre. Sobre el padre muerto hace años.
Al día siguiente por la tarde, el mismo capitán le entrega un paquete llegado por correo: los anteojos nuevos. Y le dice que el teniente primero A. pagó el reembolso, que se lo devuelva. En ese mismo instante se le forma una sanción: no devolver el dinero, porque si no, sucede aquello. Y enseguida, contra esa sanción, se alza un mandato con forma de juramento: «Tú debes devolverle las 3,80 coronas al teniente primero A.». Se lo dice a sí mismo casi en voz alta.
Los días que quedan de maniobras los pasa intentando devolver esa pequeña suma, y cada vez surgen nuevas dificultades. Cuando por fin encuentra a A., este rechaza el dinero: no pagó nada; el correo lo tiene a su cargo el teniente primero B. El paciente queda desolado, porque su juramento no puede cumplirse si su premisa es falsa. Entonces inventa un expediente absurdo: irá a la estafeta con A. y B.; A. le dará las 3,80 coronas a la señorita del correo, ella se las dará a B., y él, según el texto del juramento, le devolverá a A. las 3,80 coronas.
Freud previene al lector: no se asombre si no entiende nada. El propio relato del paciente estaba lleno de contradicciones, y hicieron falta tres versiones para aclarar sus espejismos de memoria y sus desplazamientos. Al final de esa sesión el joven se comportaba como atolondrado y varias veces lo llamó «mi capitán». Freud supone que fue porque, al empezar, le había dicho que él no era cruel como aquel capitán.
En la tercera sesión llega el final del episodio. La última noche de las maniobras le tocó brindar por los oficiales de la reserva; habló bien, pero como un sonámbulo, porque el juramento lo asediaba. Esa noche fue tremenda: argumentos y contraargumentos peleaban entre sí. A la mañana, en vez de buscar a A., despachó el equipaje en la estación de P. y se dejó llevar por el azar como por un juicio de Dios: cuando un changador le preguntó si iba en el tren de las diez, dijo que sí.
En cada estación pensaba bajarse, tomar el tren de vuelta y cumplir su plan; pero una palabra dada al mozo del vagón comedor, o los parientes que vivían en otra parada, se lo impedían, y siguió hasta Viena. Allí fue a ver a su amigo, que no podía creer que todavía dudara de si aquello era una obsesión. Lo tranquilizó, durmió bien, y a la mañana siguiente lo acompañó al correo a enviar las 3,80 coronas... a la estafeta de Z., donde había llegado el paquete.
Ese detalle final le dio a Freud la llave. Si el paciente mandó el dinero directamente al correo, era porque sabía que su acreedora era la empleada de la estafeta, y lo sabía desde antes de jurar. En efecto, recordó entonces que horas antes del encuentro con el capitán cruel otro capitán le había contado que la señorita del correo, al no encontrar al destinatario de un paquete, había pagado el envío de su bolsillo porque confiaba en el teniente desconocido. El capitán cruel se equivocó al decirle que le devolviera la plata a A. Y el paciente sabía que era un error. Igual juró.
Freud admite que, con esta corrección, la conducta del joven se vuelve todavía más disparatada. Pero ahora se sabe qué hay que explicar. Al volver a su casa, las dudas regresaron, y el paciente urdió un plan delirante: conseguir de un médico un certificado según el cual necesitaba para curarse cumplir aquel acto con el teniente A. Así eligió médico. Con Freud, por suerte, no se habló de certificados: solo pidió que lo librara de sus obsesiones.
El lector querría saber ya qué significan las ratas. Freud también, pero la técnica le ordena sofocar su curiosidad y dejar que el paciente elija el tema. En la cuarta sesión lo recibe con una pregunta: «¿Cómo seguirá hoy usted?».
El paciente quiere hablar de algo que lo martiriza desde siempre: la muerte de su padre, de enfisema, nueve años atrás. Una tarde, creyendo que era una crisis, le preguntó al médico cuándo pasaría el peligro; le respondió que pasado mañana. A las once y media de la noche se fue a acostar por una hora, y al despertar a la una le dijeron que su padre había muerto. Se reprochó no haber estado presente. El reproche creció cuando la enfermera le contó que en los últimos días el padre había dicho su nombre y había preguntado, al verla acercarse, si era Paul.
Al principio el reproche no lo martirizaba. Durante mucho tiempo no se hizo cargo de la muerte: si oía un buen chiste, pensaba que tenía que contárselo a su padre; si golpeaban a la puerta, pensaba que era él. Un año y medio después, en el velorio de una tía, un tío viudo se lamentó de que otros maridos se permitían todo y él había vivido solo para su mujer. El paciente creyó que aludía a su padre. Desde ese día el recuerdo de su omisión lo atormentó tanto que llegó a tratarse de criminal, y agregó a su edificio de pensamientos la vida en el más allá.
Freud aprovecha para darle la primera lección de teoría. Cuando entre la magnitud de un reproche y su ocasión hay una mésalliance, un casamiento desigual, el lego dice que el afecto es exagerado y que la conclusión, «soy un criminal», es falsa. El médico dice lo contrario: el afecto está justificado; la conciencia de culpa no admite crítica. Pero pertenece a otro contenido, inconsciente, que hay que buscar. El contenido conocido solo cayó en ese lugar por un enlace falso. Como la policía que, si no atrapa al verdadero asesino, arresta a otro.
El paciente duda: ¿cómo puede curar que le digan que el reproche tiene razón? Freud responde que no es eso lo que cura, sino descubrir el contenido desconocido al que el reproche pertenece. Y para ilustrar la diferencia entre lo consciente, que se gasta, y lo inconsciente, que se conserva, señala las antigüedades de su consultorio: son hallazgos de excavaciones, y fue el enterramiento lo que las conservó. Pompeya empezó a arruinarse recién cuando la descubrieron.
La conversación avanza en una especie de seminario. El paciente propone que un reproche así solo es posible si la personalidad está escindida. Freud acepta: lo que tiene que hacer es soldar esa oposición entre la persona ética y la mala con la oposición entre consciente e inconsciente. Y el paciente, al recordar que de chico hizo cosas que venían de la otra persona, descubre solo un rasgo de lo inconsciente: es lo infantil, la parte que se separó de la persona en la infancia y no acompañó su desarrollo.
En la sesión siguiente cuenta que a los doce años amaba a una niña, hermana de un amigo, que no era con él tan tierna como él quería. Le vino la idea de que ella lo querría si le pasara una desgracia, y que esa desgracia podía ser la muerte de su padre. La rechazó enseguida. La misma idea volvió medio año antes de la muerte del padre, ya enamorado de la dama: si el padre muriera, quizá fuera tan rico como para casarse con ella. Y una tercera vez, atenuada, el día anterior a la muerte: «Ahora puedo perder a quien más amo»; y enseguida la objeción: «No, hay otra persona cuya pérdida te dolería más».
Jura que esa muerte nunca fue un deseo sino un temor. Freud le responde con la teoría: un temor así corresponde a un deseo que alguna vez se tuvo y ahora está reprimido. Hay que suponer exactamente lo contrario de lo que él asegura. El paciente objeta que amaba a su padre más que a nadie. Y Freud le contesta que justamente ese amor intenso es la condición del odio reprimido.
Con una persona indiferente, explica, es fácil sostener a la vez una simpatía y una antipatía moderadas: un jefe agradable y mal jurista. Con alguien muy cercano uno quiere tener un sentimiento único, y deja de ver lo que podría hacerlo odiar. Cita a Bruto, que en Shakespeare llora a César porque lo amó y lo mata porque fue ambicioso. Y le dice que ese odio, para resistir tanto tiempo, tiene que tener una fuente que lo vuelva indestructible.
El paciente, sin conexión aparente, sigue hablando. Que fue el mejor amigo de su padre, salvo en unos pocos ámbitos. Que amó mucho a la dama, pero nunca con deseos sensuales tan intensos como los de su infancia. Freud ve ahí la respuesta: la fuente del odio está en los apetitos sensuales de la niñez, frente a los cuales el padre fue un estorbo. Y hace constar que él no lo llevó ni al tema infantil ni al sexual: el paciente llegó solo.
¿Por qué no decidió simplemente que el estorbo del padre no pesaba nada frente a su amor? Porque es difícil matar a alguien en ausencia, responde Freud: aquel deseo estaba reprimido desde la primera infancia, cuando las cosas eran muy distintas, y no podía enfrentarlo de otro modo.
En la séptima sesión el paciente insiste en que no puede creer haber tenido aquel deseo. Recuerda una novela de Sudermann en la que una mujer, junto al lecho de su hermana enferma, desea que muera para casarse con el cuñado, y luego se mata porque no merece vivir. Él dice que sería justo que lo mismo le pasara a él. Freud le señala que los enfermos sacan cierta satisfacción de su padecer, y que por eso todos se resisten en parte a sanar.
Entonces el paciente quiere confesar un crimen que sí recuerda con precisión. De chico estaba celoso de su hermano menor, más fuerte, más lindo y preferido. Antes de los ocho años cargó su escopeta de juguete, le dijo al hermano que mirara por el caño porque vería algo, y disparó. El tapón le dio en la frente sin hacerle nada, pero su intención había sido lastimarlo. Después se tiró al suelo, fuera de sí, preguntándose cómo había podido hacer eso.
Freud aprovecha: si conserva el recuerdo de un acto así, tan ajeno a él, no puede descartar que en años todavía anteriores haya ocurrido algo parecido contra el padre, que ya no recuerda.
Hasta aquí, dice Freud, llega lo que puede contar en detalle y en orden. Lo demás lo resume por temas.
Las representaciones obsesivas parecen inmotivadas o sin sentido, como el texto de un sueño. La tarea es la misma que con los sueños: traducirlas, darles sentido dentro de la vida del paciente. Y la regla de Freud es que aun las más locas se pueden resolver si se las ahonda lo suficiente. El método consiste en ubicarlas en el tiempo: averiguar cuándo apareció cada una por primera vez y en qué circunstancias se repite.
El primer ejemplo se aclara casi solo. El paciente estaba estudiando con furia para un examen, porque quería recibirse pronto y casarse con la dama. Ella se había ido de viaje a cuidar a su abuela, gravemente enferma. En medio del estudio le vino una idea: el mandato de rendir en el primer turno se puede aceptar, ¿pero si te viniera el mandato de cortarte el cuello con la navaja? Al instante sintió que ese mandato ya estaba dado y corrió al armario a buscar la navaja. Y entonces pensó: «No, no es tan simple. Tienes que ir allá y matar a la vieja». Cayó al suelo, aterrado.
Freud reconstruye lo que faltaba. Un hombre normal habría sentido, quizás, un despecho contra la abuela: justo ahora tenía que enfermarse, cuando más extraño a mi amada. En el paciente hubo algo parecido pero muchísimo más intenso, un ataque de furia inconsciente: me gustaría ir y matar a la vieja que me roba a mi amada. A eso le sigue el mandato de castigo: mátate tú, por semejante deseo. Y todo llega a la conciencia en orden invertido: primero el castigo, al final la mención del deseo castigable.
Otro impulso suicida, más largo e indirecto, se escondía detrás de una asociación de palabras. Un verano, de vacaciones, al paciente se le ocurrió que estaba demasiado gordo y que tenía que adelgazar. Empezó a levantarse de la mesa antes del postre, a correr sin sombrero bajo el sol de agosto, a subir montañas a la carrera hasta quedar empapado. Una vez, en una ladera escarpada, oyó el mandato de tirarse al vacío.
La solución apareció cuando recordó que ese verano la dama estaba en el mismo lugar con un primo inglés que la cortejaba y del que él estaba muy celoso. El primo se llamaba Richard y, como es costumbre en Inglaterra, le decían Dick. En alemán, dick quiere decir «gordo». Quería matar a Dick, y se impuso como autocastigo la cura de adelgazamiento. Las dos obsesiones comparten lo esencial: son reacciones a una ira enorme, que la conciencia no admite, contra alguien que estorba al amor.
Ese mismo verano, con la dama presente, el paciente produjo una serie de actos obsesivos referidos a ella. Navegando en un día de viento la obligó a ponerse su capa, porque se le había formado el mandato de que no le pasara nada. Durante una tormenta tenía que contar hasta cuarenta o cincuenta entre el rayo y el trueno. Cuando ella se fue, se le impuso una compulsión de comprender cada sílaba que le decían; preguntaba «¿qué dijiste?» y, al oír la repetición, sentía que la primera vez había sonado distinto.
Y el día de la partida tropezó con una piedra en el camino. Pensó que horas más tarde el carruaje de ella pasaría por allí y podría dañarse, y la sacó del camino. Minutos después le pareció un disparate, volvió y puso la piedra otra vez en su lugar.
Freud lee la escena como un drama en dos actos. El primero es un acto de amor: proteger a la amada. El segundo deshace el primero: devolver la piedra para que el carruaje tropiece y ella se lastime. El paciente lo presenta como una crítica sensata a su propia tontería, pero también el segundo acto se hizo bajo compulsión. Es la otra mitad de la enfermedad.
Amor y odio hacia la misma persona, satisfechos uno después del otro, sin compromiso entre ellos.
Con esa clave se entiende el resto. La capa es arrepentimiento y penitencia por un impulso hostil anterior. Contar entre el rayo y el trueno es una defensa contra temores de muerte. Y la compulsión de comprender viene de un episodio preciso: al despedirse antes del verano, él había entendido mal unas palabras de ella y se sintió despreciado; en el verano ella le explicó que solo había querido protegerlo del ridículo. «Nunca más tienes que entender mal a nadie», se dijo. Pero la compulsión termina en duda, y la duda es sobre si esta vez la entendió bien: una duda sobre el amor de ella.
El mismo conflicto aparecía en sus rezos. En la época de su piedad religiosa se impuso plegarias que llegaron a durarle una hora y media, porque en las fórmulas piadosas se le colaba algo que las invertía. Si decía «Dios lo proteja», un espíritu maligno agregaba enseguida un «no». Como el profeta Balaam, pero al revés: Balaam fue contratado para maldecir y terminó bendiciendo. Al final el paciente cortó las plegarias y las reemplazó por una fórmula breve, hecha con las iniciales de varias oraciones, que pronunciaba tan rápido que nada pudiera colarse.
Un sueño de esos días muestra el conflicto trasladado a Freud. La madre del médico ha muerto. El paciente quiere darle el pésame, pero teme que le salga esa risa impertinente que ya le salió otras veces en velorios. Prefiere mandar una tarjeta con las iniciales francesas de «mis condolencias», p. c., pero al escribirlas se le transforman en p. f.: «mis felicitaciones».
Con la dama, el conflicto era casi consciente. Diez años atrás ella había rechazado su primer cortejo, y desde entonces él alternaba épocas en que creía amarla intensamente con épocas de indiferencia. Una vez, viéndola en cama con una enfermedad grave, le vino el deseo de que se quedara siempre así, acostada. Se lo explicó como el deseo de librarse de la angustia de nuevas recaídas; Freud ve también el deseo de tenerla indefensa.
Tenía además fantasías de venganza de las que se avergonzaba. En una, ella se casaba con un alto funcionario; él entraba en la misma oficina, ascendía más rápido y el marido terminaba siendo su subordinado. Un día el marido cometía una falta, la dama caía a sus pies, él lo salvaba, le revelaba que había entrado en esa oficina solo por amor a ella y renunciaba. Él veía en estas fantasías solo la prueba de su amor; Freud ve una generosidad a lo Conde de Montecristo, puesta para tapar la venganza.
Un día el paciente menciona al pasar un episodio que Freud reconoce enseguida como la ocasión de la enfermedad, seis años atrás. El paciente no le había dado ninguna importancia, aunque nunca lo había olvidado. Y esa conducta, dice Freud, merece una explicación teórica.
En la histeria, las ocasiones recientes de la enfermedad suelen caer en el olvido, igual que las vivencias infantiles. En la neurosis obsesiva pasa otra cosa: lo infantil puede olvidarse, pero la ocasión reciente se conserva en la memoria. La represión usó un mecanismo más simple: en vez de olvidar el trauma, le quitó su carga de afecto. En la conciencia queda un recuerdo indiferente, que el paciente juzga sin importancia.
El obsesivo, entonces, sabe y no sabe a la vez. Sabe, porque no olvidó; no sabe, porque no reconoce el significado. Freud lo ilustra con un paciente de años atrás, un funcionario lleno de escrúpulos que le pagaba siempre con billetes impecables: los planchaba en su casa, para no pasar a nadie bacterias peligrosas. Ese mismo hombre contaba, sin el menor reparo, que llevaba muchachitas de buena familia de excursión, se las arreglaba para perder el tren y abusaba de ellas por la noche. Cuando Freud le preguntó si no temía hacerles daño con esas manos sucias, se ofendió y no volvió. El escrúpulo se había desplazado de los abusos a los billetes.
El episodio es este. La madre del paciente había sido criada, como parienta lejana, en el seno de una familia rica dueña de una gran empresa. El padre, al casarse con ella, entró a trabajar en esa empresa, y así consiguió una posición acomodada. Por las bromas entre sus padres, el hijo sabía que antes de conocer a la madre el padre había cortejado a una muchacha pobre y bonita.
Después de la muerte del padre, la madre le contó un día que había hablado con los parientes ricos sobre su futuro: uno de los primos estaba dispuesto a darle una de sus hijas cuando terminara los estudios, y la relación con la empresa le abriría un porvenir brillante. Ese plan le encendió el conflicto. Seguir fiel a su amada pobre, o seguir los pasos del padre y casarse con la muchacha bella, rica y distinguida que le destinaban. Lo resolvió enfermándose, o mejor: enfermándose se sustrajo de la tarea de resolverlo en la realidad.
La prueba, dice Freud, es que el principal resultado de la enfermedad fue una incapacidad de trabajar que le hizo postergar años sus estudios. Y lo que una enfermedad produce está en su propósito: la aparente consecuencia es, en realidad, el motivo.
El paciente no aceptó la explicación: el plan matrimonial, dijo, no le había hecho la menor impresión. Se convenció por un camino curioso, el de la transferencia. Tras un período oscuro del tratamiento resultó que había tomado por hija de Freud a una muchacha con la que se cruzó en la escalera. Le gustó, y se imaginó que si Freud era tan amable y tan paciente con él era porque lo quería de yerno. Elevó la riqueza y la distinción de la casa de Freud al nivel de su modelo, y contra esa tentación luchó en él el amor por su dama.
Hizo falta vencer resistencias severísimas e insultos muy desagradables para que la analogía entre la transferencia fantaseada y la situación de seis años atrás lo convenciera. Un sueño de esa época lo resume: ve a la hija de Freud, pero en lugar de ojos tiene dos plastas de excremento. Para quien conozca el lenguaje de los sueños, dice Freud, la traducción es fácil: se casa con su hija no por sus lindos ojos, sino por su dinero.
De la ocasión de la enfermedad, un hilo llevaba a la infancia. El paciente se encontró en la misma situación por la que, según sabía o suponía, había pasado su padre antes de casarse, y pudo identificarse con él. Y el conflicto de la enfermedad era, en esencia, una pelea entre la voluntad del padre, que seguía actuando, y su propio amor. Freud sospecha que esa pelea era antiquísima.
El padre había sido un hombre de excelentes cualidades. Antes de casarse fue suboficial y conservó modales francos de soldado y gusto por las palabras rudas. Tenía buen humor y era indulgente, aunque podía ser brusco y violento, y de chicos sus hijos recibieron algunos castigos fuertes. De grandes los trató con una franqueza poco común, contándoles sus propios errores. El hijo no exageraba al decir que habían sido los mejores amigos, salvo en un solo punto.
Ese punto tenía que estar en el terreno de la sexualidad. Varios años después de la muerte del padre, la primera vez que el paciente sintió el placer de un coito, pensó: «¡Esto es grandioso! Por esto uno podría matar a su padre». Y poco antes de morir, el padre se había opuesto a su inclinación por la dama: le dijo que no era prudente y que solo iba a hacer el ridículo.
El paciente no se había masturbado en la pubertad. Empezó a los veintiún años, poco después de la muerte del padre, y siempre quedaba avergonzado. Desde entonces solo le pasaba en ocasiones muy singulares: momentos o lecturas especialmente bellos. Una siesta de verano en que oyó a un postillón tocar soberbiamente su corneta en el centro de Viena, hasta que un policía se lo prohibió. Un pasaje de Poesía y verdad en que el joven Goethe, en un arrebato de ternura, rompe el hechizo de una maldición y besa a su amada. Freud señala lo que tienen en común: una prohibición, y el acto de pasar por encima de ella.
En la época en que estudiaba para un examen, jugaba con la fantasía de que su padre vivía y podía volver en cualquier momento. Estudiaba hasta muy tarde; entre las doce y la una abría la puerta del zaguán como si el padre estuviera ahí, y al volver se miraba el pene desnudo en el espejo del vestíbulo. Freud lo traduce: se comporta como si esperara la visita del padre a la hora de los fantasmas. En vida el padre se había quejado de su pereza; ahora se alegraría de encontrarlo estudiando. La otra parte del ritual, en cambio, no podía alegrarlo: con ella lo desafiaba. En un solo acto obsesivo convivían los dos lados de su relación con el padre, como en la piedra del camino convivían los dos lados de su relación con la dama.
Con estos indicios Freud se animó a una construcción: de muy chico, hacia los seis años, el paciente cometió alguna falta sexual ligada a la masturbación y el padre lo castigó con dureza. Eso puso fin a la masturbación, pero dejó un rencor inextinguible y fijó al padre en el papel de estorbo del placer.
Para su asombro, el paciente contó entonces que su madre le había relatado muchas veces una escena así, aunque él no la recordaba. Cuando era muy pequeño hizo algo malo y el padre le pegó. El chico fue presa de una ira terrible y lo insultó mientras le pegaba. Como todavía no conocía insultos, le gritó todos los nombres de objetos que se le ocurrían: «¡Eh, tú, lámpara, pañuelo, plato!». El padre, sacudido, dejó de pegarle y dijo: este chico va a ser un gran hombre o un gran criminal.
Desde entonces el padre no le pegó más. Y el paciente atribuye a esa escena un cambio de carácter: por miedo a la magnitud de su propia ira, se volvió cobarde. Toda la vida le tuvo terror a los golpes. La madre precisó después que tenía entre tres y cuatro años y que el castigo fue por haber mordido a alguien, quizás a la niñera.
Ni siquiera esa historia, tantas veces contada en la familia, lo convenció. Argumentaba, con una lógica retorcida que en los obsesivos inteligentes siempre asombra, que él no se acordaba. Se convenció por el camino doloroso de la transferencia. Empezó a insultar a Freud y a su familia, en sueños, fantasías y ocurrencias, de la manera más grosera, aunque en su trato le mostraba el mayor respeto. Mientras lo contaba se comportaba como un desesperado: ¿cómo podía el Profesor dejarse insultar por un tipo como él? Tenía que echarlo.
Al hablar así se levantaba del diván y caminaba por la habitación. Primero lo explicó con una delicadeza: no podía decir cosas tan horribles cómodamente acostado. Pronto él mismo encontró la verdad: se alejaba de Freud por miedo a que le pegara. Si se quedaba sentado, se cubría la cara con los brazos, se tomaba la cabeza, escapaba con el rostro crispado. Recordó que su padre era colérico y que en la ira no sabía hasta dónde llegar.
Con eso quedó libre el camino. ¿Por qué las dos frases del capitán, la historia de las ratas y el pedido de devolver el dinero, lo conmovieron tanto? Porque tocaron puntos sensibles de su inconsciente. En lo militar el paciente siempre se identificaba con su padre, que había servido muchos años. Y una aventura del padre tenía algo en común con el pedido del capitán: siendo suboficial, había perdido en el juego de naipes una pequeña suma que no era suya, y un camarada se la prestó. Cuando, ya acomodado, quiso devolvérsela, no lo encontró. El hijo no sabía si esa deuda se había pagado alguna vez. En alemán, a un jugador empedernido se le dice Spielratte, «rata de juego».
A partir de ahí las ratas fueron cobrando significados. Las ratas, Ratten, se volvieron dinero por su parecido con Raten, «cuotas». En su delirio el paciente se había armado una verdadera moneda de ratas: cuando Freud le dijo cuánto cobraba por sesión, algo en él dijo «tantos florines, tantas ratas». Las ratas fueron también la sífilis, que roe y devora, y con ella las dudas sobre la vida del padre como soldado. Fueron el pene, por intermedio de los gusanos que el paciente había tenido de chico y que le picaban en el ano. Y fueron los hijos.
El significado de los hijos apareció tarde, con la Damisela de las Ratas del Pequeño Eyolf de Ibsen, que como el flautista de Hamelín se lleva a los niños al agua. Y por su raíz más antigua: una vez, visitando la tumba de su padre, el paciente vio correr por encima un animal grande que tomó por una rata, y pensó que venía de darse un banquete con el cadáver. La rata muerde y roe, es sucia, y los hombres la persiguen y la aplastan sin piedad. Muchas veces había sentido compasión por ellas. Él mismo había sido un chiquillo sucio que en su ira mordía y fue castigado: en la rata podía ver su propia imagen.
Faltaba una pieza, que el paciente había mantenido apartada mucho tiempo. La dama, a quien no se decidía a pedir en matrimonio, no podía tener hijos: le habían extirpado ambos ovarios. Y él quería mucho a los niños. Esa era la razón principal de sus vacilaciones.
Ahora sí se puede reconstruir lo que pasó en las maniobras. Cuando el capitán contó el castigo de las ratas, primero lo sobrecogió la crueldad lujuriosa de la escena. Enseguida se enlazó con aquella escena infantil en que él había mordido: el capitán, que defendía los castigos corporales, ocupó el lugar del padre y atrajo parte del rencor que había vuelto. La idea fugaz de que algo así le podía pasar a una persona querida se traduce como un deseo dirigido al narrador, y detrás de él al padre: «A ti habría que hacerte eso».
Un día y medio después, cuando el capitán le entrega el paquete y le pide que devuelva el dinero a A., él ya sabe que se equivoca. Lo natural sería responder «¡sí, cómo no, ni loco le devuelvo nada!». Pero desde el complejo paterno, revuelto, se le forma otra respuesta: «Sí, le devolveré el dinero a A. cuando mi padre y la dama tengan hijos». Una promesa solemne atada a una condición imposible: el padre está muerto y la dama es estéril.
Así había cometido la blasfemia contra las dos personas que más quería, y eso pedía un castigo. El castigo fue el juramento imposible de cumplir, obedecer al pie de la letra el reclamo injusto de su superior: «Ahora tienes que devolverle realmente el dinero a A.». El padre no puede equivocarse. Tampoco la majestad: si llama a un súbdito con un título que no le corresponde, el súbdito lo lleva desde entonces.
Las maniobras habían creado la constelación perfecta. Una larga abstinencia, la amable atención que un joven oficial recibe de las mujeres, cierta distancia con la dama: todo eso le despertó el deseo y lo inclinó a retomar la antigua pelea contra la autoridad del padre. Cuando dudaba entre volver a Viena o quedarse a cumplir el juramento, representaba en una sola escena los dos conflictos de siempre: obedecer al padre y serle fiel a la amada. Detrás de las dos señoritas de Z., la del correo y la hija del posadero, que le habían mostrado su simpatía, repetía además la vacilación del padre entre la muchacha pobre y la rica.
Queda la sanción: «si no, el castigo de las ratas se cumplirá en las dos personas». Descansa en dos teorías sexuales infantiles: que los hijos salen por el ano, y que también los hombres pueden tener hijos. Según las reglas de los sueños, salir del intestino puede figurarse por su contrario, entrar en él.
Con esta solución, escribe Freud, quedó eliminado el delirio de las ratas.
Freud empieza la parte teórica corrigiéndose a sí mismo. En 1896 había definido las representaciones obsesivas como reproches transformados, que vuelven de la represión y se refieren siempre a una acción sexual de la infancia realizada con placer. Ahora le parece una definición formalmente objetable, aunque esté hecha con los mejores elementos: unifica demasiado, y copia la propia inclinación de los enfermos a mezclarlo todo bajo el nombre de «ideas obsesivas».
Es más correcto hablar de un pensar obsesivo, cuyos productos pueden tener el valor de los actos psíquicos más diversos: deseos, tentaciones, impulsos, reflexiones, dudas, mandatos y prohibiciones. El enfermo tiende a rebajarlos, a llamar «idea» o «conexión de pensamiento» a lo que es un deseo. Como hacía el paciente cuando juraba que lo de la muerte del padre era solo una conexión de pensamiento.
En la lucha secundaria del enfermo contra sus obsesiones aparecen formaciones que merecen nombre propio. No son argumentos racionales puros: son mestizos entre los dos modos de pensar, que aceptan algunas premisas de la obsesión que combaten y pelean en su mismo terreno. Freud los llama «delirios».
El ejemplo es el del espectro a medianoche. Cuando el paciente quiso corregirse con un argumento sensato, «¿qué diría mi padre si viviera?», no consiguió nada. La fantasmagoría cesó solo cuando le dio a la misma idea la forma de una amenaza delirante: si seguía con ese desatino, a su padre le pasaría algo malo en el más allá.
Suena paradójico, pero Freud lo sostiene: los obsesivos no conocen el texto exacto de sus propias obsesiones. Durante el análisis no solo crece el coraje del enfermo; también el de su enfermedad, que se atreve a mostrarse con más nitidez. Dos caminos llevan al texto genuino. Uno, los sueños, que suelen decir en forma de frase el mandato completo que en la vigilia llegó mutilado, como un telegrama deformado. El otro, la comparación: varias obsesiones sucesivas, de texto distinto, suelen ser una sola, que vuelve desfigurada después de haber sido rechazada.
Esa desfiguración es lo que vuelve viable a la obsesión: el pensamiento consciente la entiende mal, como entiende mal el contenido manifiesto de un sueño.
Una técnica de desfiguración le parece típica: la elipsis, la omisión de un eslabón, como en ciertos chistes. Una de las obsesiones más viejas del paciente decía: si me caso con la dama, a mi padre le pasa una desgracia en el más allá. Completada, dice: si mi padre viviera, mi intención de casarme con la dama lo enfurecería como aquella vez en la infancia, yo volvería a odiarlo y a desearle toda clase de males, y por la omnipotencia de mis deseos esos males se cumplirían.
Lo mismo con otra: «Si te permites un coito, a tu sobrinita le pasará una desgracia». Lo omitido es que cada coito le recordaría que su matrimonio con la dama sería estéril, eso lo volvería envidioso de su hermana, y la envidia mataría a la niña.
Freud agrega un caso ajeno, de una transparencia notable. Una señora de paseo en Núremberg se demoró eligiendo un peine para su hija; el marido fue mientras tanto a ver unas monedas a un anticuario y tardó demasiado. Cuando volvió y dijo que había estado en lo del anticuario, a ella la asaltó una duda torturante: ¿no tenía ese peine desde siempre? El pensamiento completo es una ironía: si tengo que creer que solo estuviste en lo del anticuario, también puedo creer que este peine que acabo de comprar lo tengo desde hace años. Detrás estaban sus celos.
También las fórmulas de defensa se desfiguran, y lo reprimido se les cuela. El paciente se defendía con un «pero», aber, dicho rápido y con un gesto de la mano. Últimamente había empezado a acentuarlo distinto, abér, y lo explicaba diciendo que la «e» muda no lo protegía de que se colara algo. En realidad abér se acercaba a Abwehr, «defensa», palabra que había aprendido en las charlas teóricas con Freud. Había usado la cura para reforzar su conjuro.
Su principal palabra mágica la había formado con las iniciales de las plegarias más salvadoras, con un «amén» al final. Cuando Freud la conoció, vio que era un anagrama del nombre de la dama, Gisela, con la «S» puesta al final, pegada al «amén». Samen, en alemán, es «semen». El paciente juntaba en su fórmula su semen con la amada: se masturbaba con su imagen. Él mismo no lo había notado. La defensa se había dejado burlar por lo reprimido.
Freud cierra la sección con un reclamo a los filósofos y psicólogos que teorizan sobre lo inconsciente a partir de definiciones: que vengan a estudiar el pensar obsesivo, donde los procesos inconscientes irrumpen en la conciencia con una pureza que no se ve en ningún otro lugar. Y señala un fenómeno curioso: cuando se busca la primera aparición de una obsesión, el paciente tiene que correrla cada vez más hacia atrás.
El paciente era muy supersticioso, aunque era un hombre ilustrado y a veces aseguraba no creer en esas antiguallas. Era supersticioso y a la vez no lo era. Freud no lo entiende como una opinión indecisa sino como dos convicciones opuestas que convivían: cuando dominaba una obsesión, se burlaba de su credulidad; cuando volvía a caer bajo una compulsión no resuelta, vivía las más raras coincidencias como pruebas.
Su superstición era la de un hombre culto: nada de viernes 13. Creía en presagios, en sueños proféticos; siempre se encontraba con la persona en que acababa de pensar. Era honesto, sin embargo, y admitía que muchos presentimientos no se cumplieron, que los presagios recaían casi siempre sobre cosas insignificantes, y que lo importante de su vida, como la muerte de su padre, lo sorprendió sin aviso.
Durante el tratamiento Freud le mostró cómo fabricaba sus propios milagros: con la visión de reojo, con olvidos y, sobre todo, con espejismos de la memoria. Al final el mismo paciente lo ayudó a descubrir los pequeños trucos de prestidigitador. Una raíz infantil apareció en un recuerdo: cuando había que fijar una fecha, la madre solía decir que tal día no podía porque iba a guardar cama. Y ese día, efectivamente, guardaba cama.
El obsesivo, dice Freud, necesita la incertidumbre. La duda es uno de los métodos con que la neurosis aparta al enfermo de la realidad. Algunos llegan a sentir aversión por los relojes, que al menos certifican la hora. El paciente había desarrollado una habilidad notable para no enterarse de lo que lo obligaría a decidir: no sabía quién había operado a su dama, ni si le habían extirpado uno o los dos ovarios. Hubo que moverlo a recordar lo olvidado y averiguar lo descuidado.
Por eso los obsesivos prefieren pensar en los temas donde la incertidumbre es universal: la paternidad, la duración de la vida, la vida después de la muerte y la memoria, en la que confiamos sin ninguna garantía.
El paciente creía en el poder de sus pensamientos y sentimientos, de sus buenos y malos deseos. Freud se resiste a llamarlo delirio: todos los obsesivos se comportan como si compartieran esa convicción. Preguntado por las pruebas, el paciente cuenta dos episodios. Cuando volvió por segunda vez al sanatorio donde había mejorado, pidió la misma habitación de antes, contigua a la de la enfermera con la que había tenido una relación. Le dijeron que la ocupaba un viejo profesor. «¡Que le dé una apoplejía!», pensó. Dos semanas después lo despertó la imagen de un cadáver, y a la mañana supo que al profesor le había dado una apoplejía.
La otra prueba: una señorita mayor, muy necesitada de amor, le preguntó una vez si no podría quererla. Él respondió con evasivas, y días después ella se arrojó por una ventana. Se reprochó que habría podido salvarla con su amor.
Freud no niega la omnipotencia del amor, pero destaca que en los dos casos se trata de la muerte. El obsesivo sobrestima el efecto de sus sentimientos hostiles sobre el mundo porque gran parte de su efecto interior escapa a su conciencia. Su odio es realmente omnipotente, pero dentro de él: fabrica las obsesiones cuyo origen no entiende.
El paciente tenía una relación muy particular con la muerte. Participaba con calidez de todos los duelos y asistía tan piadosamente a los entierros que sus hermanos lo llamaban, en broma, pájaro de mal agüero. En la fantasía mataba gente sin cesar, para poder expresar después su entrañable pésame. La muerte de su hermana mayor, cuando él tenía tres o cuatro años, ocupaba un lugar enorme en sus fantasías. Y la extensión de sus temores al más allá era una compensación de sus deseos de muerte contra el padre: una manera de anular su muerte, desafiando la realidad. «En el más allá», en sus obsesiones, se traduce como «si mi padre viviera todavía».
Freud agrega que todos los obsesivos necesitan la posibilidad de la muerte para resolver los conflictos que dejan abiertos. No se deciden, sobre todo en asuntos de amor. Les sirve de modelo el viejo Tribunal Supremo del Reich, cuyos procesos solían terminar porque las partes se morían antes de la sentencia. En cada conflicto vital, el obsesivo acecha la muerte de alguien.
¿Cuáles son las fuerzas cuyo juego construyó esta neurosis? Freud vuelve a las ocasiones de la enfermedad. El paciente enfermó cuando se vio tentado a casarse con otra mujer que no era la que amaba desde hacía años. Esa oscilación se reduce al conflicto entre la influencia del padre y el amor a la dama, una elección entre padre y objeto sexual que ya había existido en la primera infancia. Y en ambas relaciones, con la amada y con el padre, había una pelea entre amor y odio.
La hostilidad hacia la dama era en buena parte consciente; él se engañaba, a lo sumo, sobre su medida. La hostilidad contra el padre, en cambio, intensa en la infancia, le había sido sustraída hacía mucho y solo pudo volver a la conciencia contra la resistencia más violenta. En la represión del odio infantil al padre ve Freud el proceso que arrastró todo lo demás dentro de la neurosis.
Los dos conflictos están soldados: el odio a la amada se sumó a la fidelidad al padre, y al revés. Pero hay que distinguir. La oscilación entre el padre y la amada es normal: es la vieja pregunta «¿a quién querés más, a papá o a mamá?», que acompaña toda la vida. Lo que asombra es la coexistencia crónica de amor y odio, ambos en su intensidad máxima, hacia la misma persona.
Uno esperaría que el gran amor venciera al odio o fuera consumido por él. Esa persistencia, dice Freud, solo es posible porque el odio está en lo inconsciente. El amor no pudo extinguirlo; solo pudo empujarlo allí, donde, protegido de la conciencia, se conserva y aun crece. El amor consciente, a su vez, se infla por reacción hasta una intensidad desmesurada, para estar a la altura de su tarea: mantener reprimido a su adversario.
Freud arriesga una explicación provisional: en estos casos el componente sádico del amor se desarrolló constitucionalmente con mucha fuerza, fue sofocado demasiado pronto y demasiado a fondo, y así los fenómenos de la neurosis derivan, por un lado, de la ternura consciente exagerada por reacción y, por el otro, del sadismo que en lo inconsciente sigue actuando como odio.
Si un amor intenso está ligado a un odio de fuerza casi igual, la consecuencia es una parálisis parcial de la voluntad, una incapacidad de decidir en toda acción cuyo motivo debería ser el amor. Y la parálisis se extiende: porque casi todo lo que hace un enamorado se relaciona con su amor, porque la conducta sexual sirve de modelo para las demás, y porque el obsesivo usa el desplazamiento en gran escala.
La duda es la percepción interna de esa indecisión. Es, en el fondo, una duda sobre el amor, que debería ser lo más seguro, y que se ha extendido a todo lo demás y desplazado de preferencia a lo más ínfimo. Quien duda de su amor, ¿no puede dudar de todo lo otro, que vale menos?
Duda que las estrellas sean fuego, duda que el sol se mueva; pero nunca dudes de que te amo.
Freud cita esos versos de Hamlet a Ofelia como la fórmula exacta de la duda obsesiva. La incertidumbre sobre las medidas protectoras, que obliga a repetirlas, es la misma duda: cada vez que el impulso amoroso logra hacer algo, el hostil lo alcanza y deshace su obra. El paciente lo oyó en voz alta: cuando rezaba «Dios la proteja», el «no» saltaba desde lo inconsciente.
La compulsión, a su vez, es un intento de compensar la duda y salir de la inhibición insoportable. Si por desplazamiento se logra llevar a cabo alguno de los designios inhibidos, ese acto sustituto tiene que hacerse a toda costa, y si no se cumple la tensión se siente como angustia suprema. Los mandatos y prohibiciones expresan unas veces el impulso tierno, otras el hostil.
Además, por una especie de regresión, los actos preparatorios reemplazan a la decisión y el pensar reemplaza al actuar. Según cuánto se haya pronunciado esa regresión, la neurosis tendrá el carácter del pensar obsesivo o el del actuar obsesivo. Y los actos obsesivos se van pareciendo, con los años, a las acciones sexuales de la infancia, del tipo de la masturbación: se llega a actos de amor, pero ya no dirigidos a una persona sino autoeróticos, como en la niñez.
Esa regresión del actuar al pensar, explica Freud, se apoya en un desarrollo temprano y reprimido del placer de mirar y de saber, que en el obsesivo convierte al pensamiento mismo en fuente de placer sexual: el obsesivo cavila con la intensidad con que otro desea. Y menciona un rasgo que el paciente reveló en los apuntes: de chico había sido un gran olfateador, que reconocía la ropa de cada persona por su olor y tenía placer en oler el cabello de las mujeres. Eso le enseñó a Freud a contar, entre los factores de la neurosis, un placer de oler sepultado desde la infancia. Y se pregunta si la atrofia del olfato, al erguirse el ser humano y alejarse del suelo, no habrá contribuido a su aptitud para la neurosis.
Freud cierra con su impresión del paciente: estaba fragmentado en tres personalidades, una inconsciente y dos preconscientes, entre las que oscilaba su conciencia. Lo inconsciente guardaba las mociones apasionadas y malas, sofocadas temprano. En su estado normal era bueno, jovial, reflexivo, prudente e ilustrado. Pero en una tercera organización rendía tributo a la superstición y al ascetismo, de modo que podía tener dos credos. Esa tercera persona, hecha de formaciones reactivas contra los deseos reprimidos, habría terminado por devorar a la persona normal si la enfermedad hubiera seguido.
Freud tenía la costumbre de destruir todo el material en que se basaba una publicación apenas la veía impresa. Por eso quedan poquísimos manuscritos suyos y casi ninguna nota preparatoria. Los apuntes de este caso son una excepción que nadie supo explicar: aparecieron entre sus papeles en Londres después de su muerte, en 1939.
Son hojas grandes, las que Freud prefería, escritas cada noche después de la sesión, en estilo telegráfico, lleno de abreviaturas. A veces dejaba pasar unos días y luego hacía un «repaso». Empiezan con la primera entrevista, el 1 de octubre de 1907, y se interrumpen sin motivo aparente el 20 de enero de 1908, cuando el tratamiento llevaba unos cuatro meses. El primer tercio pasó casi palabra por palabra al historial; los otros dos tercios contienen mucho que el historial no dice.
Lo que vuelve únicos a estos apuntes, dice Strachey, es que son el único testimonio que tenemos del material en bruto con que trabajaba Freud, de la manera discontinua en que salía a la luz, y de cómo operaba su técnica en esa época. Leerlos es entrar al consultorio.
La primera impresión es la de un Freud muy activo. Explica, compara, propone construcciones antes de que el paciente las traiga. Un día anota que le repitió «la conferencia del último sábado sobre las perversiones», la que daba en la universidad. Otro día le da a leer una novela de Zola, La alegría de vivir, cuyo protagonista vive obsesionado por la muerte propia y la ajena. Le cuenta cómo el río Adigio da una vuelta casi completa dentro de Verona y vuelve casi al punto donde entró, para ilustrarle cómo vuelve el pasado.
La segunda impresión es la de la crudeza. El historial publicado habla de «insultos groseros»; los apuntes los transcriben. Y en ellos aparece la familia de Freud, su mujer, su madre, su hija, convertidas por el paciente en personajes de fantasías obscenas que él contaba retorciéndose de vergüenza.
La línea más famosa de los apuntes es una de las más breves. El 28 de diciembre de 1907 Freud anota, sin comentario: Er ist hungrig und wird gelabt. Está hambriento y se lo reconforta. Le dio de comer.
La comida reaparece después en el material del paciente. Pocos días más tarde trae una fantasía de transferencia: entre dos mujeres, la mujer de Freud y su madre, hay un arenque estirado que va del ano de una al de la otra, hasta que una niña lo corta en dos. Y cuenta que, cuando Freud le ofreció aquella pequeña comida, pensó enseguida que la habían preparado dos mujeres. Otro día le dirá que, como perdió tiempo comiendo, la cura durará más y Freud sacará provecho, y que debería pagar también esa comida.
El historial publicado es una obra de arte de la discreción: sacrifica detalles, suprime nombres, ordena por temas. Los apuntes dejan ver lo que quedó afuera. Hay tres cosas que el lector del historial no sabe: el papel de la madre, el de las hermanas, y el grado en que el propio Freud entró en el material.
En el historial la madre aparece apenas: es la que cuenta la escena del castigo, la que comunica el plan de casamiento, la que guarda cama el día anunciado. En los apuntes está en todas partes. Desde la muerte del padre administra la herencia; el hijo, abogado de 29 años, recibe de ella el dinero menudo, y ella se lamenta de que en un mes gastó treinta florines en vez de dieciséis. Ella le hizo jurar que no viajaría a ver a la dama cuando murió la abuela: «por mi alma, no viajarás». Y el hijo, que había jurado no masturbarse «por la salvación de mi alma», se reprochó poner en peligro el alma de su madre.
Los apuntes registran también un asco intenso hacia el cuerpo materno: sus eructos, que a los doce años le quitaban el apetito; su mal olor, del que ella misma se quejaba porque no podía permitirse bañarse a menudo; un recuerdo muy temprano de algo amarillo que ella sacó de debajo de su vestido. Y una identificación: Freud anota que el paciente se comporta con sus hermanos como la madre, que critica al padre con las palabras de ella, que así prolonga dentro de sí el conflicto entre sus progenitores.
El historial menciona la muerte de una hermana mayor. Los apuntes la nombran, Katherine, y guardan los tres recuerdos más tempranos del paciente: la niña llevada a la cama, él entrando a buscar al padre y preguntando dónde estaba Katherine, el padre llorando en su sillón, inclinado sobre la madre. Freud sospecha que la curiosidad sexual del chico se encendió en sus hermanas, y el paciente recuerda haber notado la diferencia de los sexos por primera vez en Katherine.
Aparecen además escenas con Julie, la hermana tres años menor, de quien estuvo muy cerca: juegos, una vez que la destapó mientras dormía, un sueño. Y Freud anota una hipótesis: quizás la vieja paliza del padre tuvo que ver con alguna falta cometida con las hermanas. El historial publicado dice solo, en una nota, que en los sueños del paciente aparecía una poesía «épica» en la que los deseos hacia la madre y las hermanas y la muerte prematura de estas se mezclaban con el castigo del pequeño héroe.
La transferencia de los apuntes es más fuerte que la del historial. El paciente fantasea con la hija de Freud, insulta a su mujer, imagina a la madre de Freud muerta o asistiendo al ahorcamiento de todos sus hijos. Un día cuenta que sabe que en la familia de Freud hubo una gran desgracia: un hermano suyo, mozo de café, habría cometido un asesinato en Budapest y habría sido ejecutado. Freud se ríe y le pregunta de dónde lo sacó. El cuñado del paciente lo había leído en un periódico viejo: se trataba de un tal Leopold Freud, «el asesino del ferrocarril», sin parentesco. Al oír la risa, todo el afecto del paciente se desvanece.
Hay también un momento en que Freud se asoma a sí mismo. Cuando el paciente cuenta que en las maniobras un oficial mencionó a una señora «Gisela Fluss», Freud anota el nombre con tres signos de admiración. Gisela Fluss había sido su propio primer amor adolescente, en su pueblo natal de Moravia, al que dedicó de forma encubierta un pasaje de «Los recuerdos encubridores». Y en otro lugar, al olvidar un detalle, escribe: «olvidado por mis propios complejos».
Los apuntes completan la historia de Gisela. Es su prima. Su padre murió cuando ella era niña; la madre volvió a casarse con un oficial apuesto, del que luego se separó. El paciente cuenta detalles del trato glacial entre la muchacha y ese padrastro que a Freud le dejan pocas dudas de que el hombre la había atacado sexualmente cuando ella tenía doce años. Ese padrastro, además, tenía sífilis. Freud ve ahí una raíz más de las ratas: el miedo a que ella estuviera contagiada, y detrás, el miedo de que también el padre propio hubiera tenido la enfermedad.
El paciente, por su parte, tiene durante el tratamiento una relación con una costurera, y Freud anota con detalle cómo las ratas se meten también ahí. Junto a ella piensa: «por cada coito, una rata para la prima». Cada coito lo acerca a la prima y a la vez la desafía.
La última anotación, del 20 de enero de 1908, es un resumen: un período de buen ánimo, mucho material, ninguna solución. Freud registra cinco sueños, cuatro de militares, y una cadena que lleva de una bofetada recibida en la universidad, y de un duelo no realizado, a la escena de las ratas, por intermedio de los anteojos perdidos. En alemán, esos anteojos de pinza se llaman Zwicker o Kneifer, y kneifen quiere decir también «escurrir el bulto». Ahí se interrumpe el manuscrito.
La neurosis obsesiva fue, junto con la histeria, la primera que Freud intentó explicar. Su nombre mismo, Zwangsneurose, lo propuso él. Cuando el abogado llega a la Berggasse, Freud tiene sobre ella una teoría de catorce años, que el caso pondrá a prueba.
Freud vuelve a este paciente muchas veces. Le debe palabras, ejemplos y algunas ideas que después parecerán evidentes. Siguiendo esas vueltas se ve cómo cambia su pensamiento.
En Inhibición, síntoma y angustia Freud vuelve sobre la neurosis obsesiva con una teoría nueva del aparato psíquico. Ya no habla solo de amor y odio, sino de tres instancias y sus conflictos.
La situación inicial es la misma que en el caso: el yo se defiende de las exigencias libidinosas del complejo de Edipo. Lo distinto es lo que pasa después. Frente a esas exigencias, la organización genital regresa a la fase sádico-anal, y los impulsos tiernos se vuelven agresivos. El superyó, a su vez, se vuelve especialmente severo y trata al yo como el padre trataba al niño. El síntoma obsesivo es el resultado de esa lucha: unas veces predomina la prohibición, otras la satisfacción disfrazada, y con el tiempo la satisfacción va ganando terreno, como en los actos obsesivos que el historial comparaba con la masturbación.
Y aparecen dos nombres nuevos para cosas que el caso ya mostraba. La anulación: deshacer lo hecho, como el paciente que vuelve a poner la piedra en el camino o que agrega un «no» a la plegaria. El aislamiento: separar un pensamiento de su afecto y de sus conexiones, interponer una pausa o una fórmula, como el «amén» que el paciente pegaba a su conjuro.
La angustia del obsesivo es, en el fondo, angustia ante el superyó: miedo a su castigo.
Como en el caso de Hans, poner las dos lecturas una al lado de la otra muestra cuánto se movió el pensamiento de Freud sin que cambiara una palabra del material.
Muchos lectores posteriores discutieron el caso. Se señaló cuánto explicaba Freud, cuánto ordenó el material para la publicación, y cuánto dejó en la sombra a la madre. Los apuntes permiten esas discusiones. Lo que este librito quiso mostrar es otra cosa: que en estas páginas se ve a Freud pensar en voz alta con un paciente, equivocarse, corregirse y sacar de un solo caso ideas que lo acompañaron veinte años.
En 1909 Freud explicaba la angustia como libido que la represión había apartado de su camino y que, sin poder volver a ser libido, se liberaba como angustia. En 1926 da vuelta la flecha. Primero hay un peligro. El yo lo registra y produce una pequeña cantidad de angustia, una señal, y esa señal pone en marcha la defensa. La angustia ya no es el residuo de la represión, sino su causa.
En 1909, la represión produce la angustia. En 1926, la angustia produce la represión.
Para la neurosis obsesiva el giro tiene una consecuencia inmediata. Si el obsesivo casi no muestra angustia, no es porque no la tenga, sino porque sus síntomas la evitan. Lo que el libro de 1926 busca es dónde está el peligro que esa angustia señalaría, y la respuesta lo lleva a una instancia que en 1909 no existía en la teoría: el superyó.
El capítulo IV trabaja con fobias; para el obsesivo vale como contraste. Los capítulos V y VI son los de la neurosis obsesiva. El VII vuelve a la angustia y explica dónde la esconde el obsesivo.
El capítulo IV no habla del obsesivo, pero en él se arma la teoría con la que Freud lo va a leer. Su material es la fobia del pequeño Hans, el niño vienés de cinco años que temía que un caballo lo mordiera.
Freud separa tres cosas que la fobia mezcla. Que Hans no pueda salir a la calle es una inhibición: una restricción del yo para no despertar la angustia. La angustia es el motor. Y el síntoma es otra cosa: que el temido sea un caballo y no el padre. Hans amaba y odiaba a su padre; temerle al padre no habría sido una neurosis, sino una reacción comprensible ante un rival. La neurosis es el desplazamiento.
Un conflicto de ambivalencia como el de Hans tiene una salida típica: la formación reactiva, en la que una corriente, casi siempre la tierna, se refuerza hasta volverse exagerada para sofocar a la otra. Freud subraya que en Hans no hay nada de eso. Hans desplaza su odio al caballo.
Lo reprimido en Hans es la hostilidad hacia el padre. El miedo a ser mordido es un sustituto desfigurado de otro: ser castrado por el padre. Hans renuncia a su agresión porque teme la castración. Esa angustia no viene de la represión: la pone en marcha. Es una angustia realista, ante un peligro que el niño juzga real; lo neurótico es que su contenido se volvió inconsciente y se desplazó.
La angustia de castración, que es del yo, es el motor de la represión.
El capítulo termina con una duda. En las neurosis «actuales», con excitación sexual que no se descarga, la libido parece todavía transformarse en angustia. Freud no logra unificar los dos orígenes y cierra con un non liquet: no está claro.
El capítulo V empieza con una confesión. Haber elegido las fobias para estudiar el síntoma fue poco feliz: en ellas la angustia lo tapa todo. Hay neurosis sin angustia. Freud mira primero la histeria de conversión y después, con más tiempo, la neurosis obsesiva, que llama el objeto más interesante y más fecundo de la investigación analítica, y todavía no dominado.
Los síntomas de conversión son parálisis, contracturas, descargas involuntarias, dolores y alucinaciones; cada uno conserva algo de la escena de origen. En los síntomas motores casi no hay displacer y el yo se comporta como si no participara. Freud admite que sabe poco y pasa a la obsesión, donde ocurre lo contrario: el yo y el superyó participan muchísimo.
La neurosis obsesiva parte de lo mismo que la histeria: la defensa contra las exigencias libidinales del complejo de Edipo. Freud agrega que debajo de toda neurosis obsesiva suele haber un estrato de síntomas histéricos muy tempranos.
Lo distinto viene enseguida. La organización genital de la libido es endeble, por un factor constitucional, y el primer éxito de la defensa es hacerla regresar de la fase fálica a la sádico-anal. Esa regresión decide todo lo que sigue. Freud la piensa como una desmezcla de pulsiones: lo erótico se separa de lo destructivo que había en la fase sádica. Y subraya que la fase fálica ya se había alcanzado cuando se produce el giro.
El motor sigue siendo la angustia de castración, y la defensa recae sobre las aspiraciones edípicas. Pero la represión es solo uno de los métodos de la defensa; en la obsesión el yo usa otros. En los Addenda Freud propone recuperar la vieja palabra «defensa» para el conjunto y guardar «represión» para uno de ellos.
La latencia sepulta el complejo de Edipo, forma el superyó y levanta barreras éticas y estéticas. En el obsesivo todo eso se pasa de la medida. El superyó se vuelve más severo y desamorado. El yo construye formaciones reactivas: conciencia moral exagerada, compasión, limpieza. El onanismo infantil se reprime con dureza y vuelve disfrazado, en ceremoniales.
A la regresión y la represión se suma así un mecanismo que en la histeria falta o es débil. El yo refuerza el sentimiento opuesto al que rechaza, y con esa fuerza lo mantiene a raya.
El obsesivo no olvida su odio: lo cubre con un amor exagerado.
La segunda mitad del capítulo V sigue la neurosis desde la pubertad hasta su forma final. Es el tramo que mejor se ve en este paciente.
Con la pubertad la organización genital se reinstala con fuerza. Pero las mociones nuevas tienen que pasar por las vías de la regresión, y aparecen como propósitos agresivos. La lucha contra la sexualidad sigue bajo banderas éticas, y el yo no sabe que lo que combate son deseos eróticos. El conflicto se refuerza por los dos lados: el defensor se vuelve más intolerante y lo defendido, más insoportable.
La representación obsesiva llega a la conciencia, pero desfigurada y despojada de afecto. El yo la vive como un contenido de pensamiento ajeno, no como un impulso propio. El texto verdadero de la moción agresiva cuesta mucho trabajo analítico.
Aquí entra el superyó. Se comporta como si la represión no hubiera ocurrido: conoce la moción agresiva tal cual es y trata al yo como culpable. El yo se siente culpable y no puede explicarse por qué. La represión cerró el yo al ello, pero lo dejó abierto al superyó.
Hay obsesivos sin conciencia de culpa. El yo se ahorra percibirla con otra serie de síntomas: penitencias y limitaciones que son autocastigos, y que a la vez satisfacen mociones masoquistas reforzadas por la regresión.
Los síntomas obsesivos son de dos clases opuestas. Unos son negativos: prohibiciones, precauciones, penitencias. Otros son positivos: satisfacciones sustitutivas, a menudo con disfraz simbólico. Los primeros son los más antiguos; con el tiempo ganan terreno los segundos. El triunfo de la formación de síntoma, gracias a la tendencia del yo a sintetizar, es que la prohibición misma se vuelva satisfacción.
En los dos casos Freud ya había visto en 1909 la misma ley que el capítulo V formula: con el tiempo, aquello contra lo que la defensa se dirige se abre paso dentro de la defensa misma.
El resultado es un yo cada vez más limitado, que busca sus satisfacciones en los síntomas. Puede llegar a la parálisis de la voluntad: cada decisión encuentra impulsos igual de fuertes en ambos sentidos.
El capítulo VI describe dos técnicas que el obsesivo agrega a la represión. Que pasen al primer plano indica, para Freud, que la represión regular encontró dificultades. En la neurosis obsesiva el yo es mucho más el escenario del síntoma que en la histeria: se aferra a la realidad y a la conciencia, y su pensar está sobreinvestido, erotizado.
Es una magia negativa. Mediante un simbolismo motor se quiere que el suceso mismo no haya ocurrido, no solo borrar sus consecuencias. Su forma típica es el síntoma de dos tiempos, en el que el segundo acto cancela al primero aunque los dos hayan ocurrido. El ceremonial obsesivo tiene dos raíces: la precaución, que es racional, para que algo no ocurra; y la anulación, que es mágica y, supone Freud, más antigua. La anulación explica también la repetición: lo que no salió como el deseo quería se anula repitiéndolo de otro modo.
Después de una vivencia desagradable, o de un acto significativo del propio enfermo, se intercala una pausa en la que no debe ocurrir nada, ni una percepción ni una acción. La vivencia no se olvida: se le quita el afecto y se cortan sus vínculos asociativos, de modo que queda como aislada y ni siquiera se la reproduce en el pensamiento. El efecto es el mismo que el de la represión con amnesia, logrado por otro camino y reforzado por actos motores de intención mágica.
El aislamiento tiene una base normal: la concentración. Todo pensar mantiene lejos lo indiferente y, sobre todo, lo que no corresponde; y lo más perturbador es lo que alguna vez estuvo unido y el desarrollo separó, como la ambivalencia hacia el padre en la relación con Dios o las mociones excretorias en la excitación amorosa. El análisis le pide al yo que deje de aislar por un rato, y al obsesivo eso le cuesta más que a nadie: su yo es más vigilante, sus aislamientos más tajantes.
Detrás del aislamiento está uno de los mandamientos más antiguos de la neurosis obsesiva: el tabú del contacto. El tocar es la meta inmediata de la investidura tierna y de la agresiva a la vez. Eros quiere la unión; la destrucción, antes de las armas a distancia, necesitaba el cuerpo a cuerpo. No tocar el miembro es la prohibición de la satisfacción autoerótica. Aislar es quitar la posibilidad de contacto, también entre pensamientos.
Anular es deshacer lo hecho; aislar es impedir que algo toque a lo demás.
El capítulo VI termina con una pregunta. La fobia, la conversión y la neurosis obsesiva parten de la destrucción del complejo de Edipo, y en las tres el motor de la defensa sería la angustia de castración. Pero solo en la fobia la angustia aparece y se confiesa. ¿Cómo se la ahorra el obsesivo?
El capítulo VII vuelve a la angustia para responder esa pregunta. Lo hace en dos tiempos: primero la fobia, después la neurosis obsesiva.
En la fobia, el yo reconoce el peligro de castración, da la señal de angustia e inhibe la investidura amenazante. La angustia se desplaza a un objeto exterior, como el caballo de Hans. Eso evita el conflicto de ambivalencia, porque el padre amado queda a salvo, y vuelve la angustia facultativa: solo aparece ante el objeto, y basta con evitarlo.
Freud corrige aquí una fórmula suya. Había dicho que la fobia proyecta afuera un peligro interno. Ahora precisa: la exigencia pulsional es peligrosa por el peligro exterior que trae, la castración. La fobia cambia un peligro exterior por otro.
En la neurosis obsesiva no hay proyección. El peligro está completamente adentro: la fuente de la angustia es la hostilidad del superyó. Ese castigo es un eco del castigo de castración, porque el superyó es el padre vuelto instancia impersonal. La angustia de castración se transforma en angustia moral, o en una angustia social indeterminada.
El yo evita esa angustia obedeciendo: mandatos, preceptos, acciones expiatorias. Por eso el obsesivo casi no la muestra. Pero si se le impide la acción obsesiva, aparece un malestar penosísimo que puede considerarse equivalente de la angustia, y que los propios enfermos llaman así.
Decir que los síntomas se forman para evitar la angustia es quedarse en la superficie. Se forman para evitar la situación de peligro que la angustia señala. En el obsesivo, cumplir el mandato es sustraerse del castigo que el superyó amenaza, aunque en la conciencia ese castigo aparezca como desgracia para otros.
¿Y la neurosis traumática, después de un peligro de muerte? Lo inconsciente, responde Freud, no tiene representación de la muerte: nadie la vivió. La castración, en cambio, puede representarse a partir de separaciones vividas, las heces o el destete. La angustia de muerte sería un análogo de la de castración: el yo se siente abandonado por el superyó protector, por los poderes del destino. O bien, en el trauma, se rompe la protección contra los estímulos y la angustia ya no es señal: se produce de nuevo, por razones económicas.
El capítulo termina abriendo el siguiente: la angustia también señala la pérdida o la separación del objeto, y el nacimiento fue la primera vivencia de angustia. Freud anota reparos que discutirá con Rank.
Lo esencial de los cuatro capítulos, en preguntas. Cada respuesta está en una glosa. Para practicar, abrí «Glosas» arriba y destildá «Mostrar las glosas»: quedan solo las preguntas. Pensá cada respuesta y después volvé a mostrarlas.
1. ¿Qué invierte Freud en 1926 respecto de su teoría anterior de la angustia?
2. ¿En qué se parecen y en qué se separan la histeria y la neurosis obsesiva?
3. ¿Por qué regresa la libido en la neurosis obsesiva y qué consecuencias tiene?
4. ¿Por qué el obsesivo se siente culpable sin saber de qué? Dé un ejemplo.
5. ¿Cuáles son los dos tipos de síntomas obsesivos y cómo evolucionan?
6. Defina anulación y aislamiento, con un ejemplo de cada uno en el Hombre de las Ratas.
7. ¿Qué diferencia hay entre la represión histérica y el aislamiento?
8. ¿Por qué el tocar está en el centro de las prohibiciones obsesivas?
9. ¿Dónde está el peligro en la fobia y dónde en la neurosis obsesiva?
10. ¿Qué le pasa a un obsesivo si se le impide su acción obsesiva?
11. ¿Cómo se continúa la angustia de castración?
12. Compará al Hombre de las Ratas con Hans usando la grilla de 1926.
Angustia señal. Pequeña angustia que el yo produce al registrar un peligro, para poner en marcha la defensa.
Angustia ante el superyó. Angustia moral o social: el castigo de castración interiorizado.
Defensa. Nombre general de los métodos del yo; la represión es uno de ellos (Addenda).
Regresión. Retorno de la libido a una fase anterior; en la obsesión, a la sádico-anal.
Desmezcla de pulsiones. Separación de lo erótico y lo destructivo; Freud la propone como base de esa regresión.
Formación reactiva. Refuerzo de la actitud opuesta a la que se rechaza: escrúpulo, compasión, limpieza.
Anulación de lo acontecido. Magia negativa: un acto que pretende que otro no haya ocurrido.
Aislamiento. Pausa tras una vivencia; el recuerdo queda sin afecto y sin conexiones.
Tabú del contacto. Prohibición de tocar, núcleo de los mandamientos obsesivos.
Consigna posible: «Describa los mecanismos de defensa de la neurosis obsesiva según los capítulos V y VI de Inhibición, síntoma y angustia y ejemplifíquelos con el Hombre de las Ratas».
Para Freud la neurosis obsesiva parte de lo mismo que la histeria: la defensa contra las exigencias libidinales del complejo de Edipo, con la angustia de castración como motor. Lo que la distingue es el camino. Como la organización genital es endeble, el primer éxito de la defensa es una regresión de la fase fálica a la sádico-anal, que Freud piensa como desmezcla de pulsiones; desde entonces el amor aparece como agresión. En el Hombre de las Ratas esa regresión se lee en el castigo de las ratas que penetran en el ano y en la equivalencia «tantos florines, tantas ratas» (AE 10, págs. 133, 167–8).
Sobre esa base el yo agrega la formación reactiva, que en la histeria falta o es débil: el amor consciente del paciente «suele hincharse por vía de reacción» para retener al odio (pág. 186). El superyó, arrastrado por la regresión, se vuelve cruel: conoce la moción agresiva tal cual es y trata al yo como culpable, aunque el yo no sepa de qué. De ahí que el paciente se tache de criminal por no haber estado junto al padre moribundo, un afecto justo ligado por un «enlace falso» a otro contenido (págs. 139–40), y de ahí los autocastigos, como el mandato de cortarse el cuello o la cura de adelgazamiento contra Dick (págs. 148–9).
El capítulo VI suma dos técnicas motrices y mágicas. La anulación pretende que lo hecho no haya ocurrido: el paciente aparta la piedra del camino de la dama y vuelve a ponerla, una acción «de dos tiempos» que Freud ya describía en 1909 (págs. 150–1). El aislamiento no olvida, sino que le quita a la vivencia su afecto y sus conexiones: el paciente recordaba el ocasionamiento de su enfermedad sin darle valor, porque «en lugar de olvidar al trauma, le ha sustraído la investidura de afecto» (pág. 154). Debajo de ambas está el tabú del contacto, porque tocar es la meta del amor y de la agresión a la vez.
Con el tiempo, dice el capítulo V, las prohibiciones se vuelven satisfacción: la palabra protectora del paciente escondía el nombre de la dama y el semen (pág. 176). Y el capítulo VII explica por qué todo esto casi no muestra angustia: el peligro es el castigo del superyó, y el yo lo evita obedeciendo. Si el acto se impide, aparece la angustia; en 1909 Freud ya lo decía de este paciente: la tensión «se la percibe como suprema angustia» (pág. 190).
Freud dice al comienzo del historial que el tratamiento, de cerca de un año, logró el restablecimiento completo de la personalidad y la cancelación de las inhibiciones. Y en una nota admite que el éxito terapéutico fue también el obstáculo: el paciente se recuperó, la vida le exigió tareas largamente postergadas, y no quedó tiempo para desenredar toda la trama de sus fantasías.
En 1923, al reeditar el caso, agregó una última nota al pie, de una sola línea. El paciente, a quien el análisis había devuelto la salud, murió en la Gran Guerra como tantos otros jóvenes valiosos y promisorios.
La investigación posterior reconstruyó su nombre: Ernst Lanzer, nacido en Viena en 1878, abogado. Según esos trabajos llegó a casarse con Gisela, la prima a la que había cortejado durante tantos años, y fue movilizado al empezar la guerra. Murió en los primeros meses, en 1914, en el frente oriental, a los treinta y seis años.
Así termina la historia: un juramento imposible de cumplir, unas 3,80 coronas que nadie quería cobrar, un padre muerto que seguía mandando, y al final un hombre que se curó, se casó con la mujer que amaba y no tuvo tiempo de vivir mucho más. Freud habría dicho que el análisis no promete felicidad, solo libertad para decidir. Al menos eso lo tuvo.
Compuesto a partir de «A propósito de un caso de neurosis obsesiva» (1909) y de los «Apuntes originales sobre el caso», según el tomo X de las Obras completas de Sigmund Freud; el libro quinto, a partir de Inhibición, síntoma y angustia (1926), tomo XX. Las citas son paráfrasis; para el texto completo, véase la edición original.
Segundo tomo de la colección. Tipografía: Sorts Mill Goudy y Old Standard; las glosas, a máquina.
La fobia de un niño de cinco años a los caballos, Viena, 1908. El primer historial de 1909, contado del mismo modo.